La Última Cena (1978)

“Las diminutas cadenas de los hábitos son generalmente demasiado delgadas para sentirlas, hasta que llegan a ser demasiado fuertes para romperlas.”

                                                                                               – Samuel Johnson

“Ese pobre lechón
que murió de repente
con un tajo en la frente
y otro en el corazón,
lo metieron al horno,
lo sacaron caliente,
le metieron el diente
a ese pobre lechón.”

                        – Cántico navideño

 

Para distinguir a Héctor Méndez Caratini basta con señalarle como un caribeño que ha dedicado gran parte de su cuerpo de trabajo fotográfico y audiovisual al registro de costumbres caribeñas. Pero más allá de tan blando resumen, se le debe conocer como un autor puertorriqueño cuya obra se ha destacado por una invaluable riqueza sociocultural. En Musarañas de domingo, Edgardo Rodríguez Juliá le describe propiamente como “el fotógrafo de la generación de los setenta”, recalcando que “su mirada siempre resulta bifronte, apegada al testimonio de nuestra modernidad a la vez que añora una identidad cultural asediada.”[1] Y sin embargo, a pesar de primordialmente ser reconocido y premiado por su fotografía; es mediante el videoarte donde cogen vuelo sus sensibilidades de historiador.

La práctica de Méndez Caratini consta en indagar asiduamente detalles que son reflejos de la condición humana y su inquietud existencial. O sea, propone la intimidad como un invariable punto de partida. De ahí se aferra a la irremediable naturalidad en los sujetos, objetos y espacios para conducir la acción. En videoarte, esa fijación sale a relucir particularmente a través de la estructura de tomas, el movimiento de cámara y el montaje. Una dinámica muy palpable en su ópera prima, La Última Cena (1978).

Este corto de seis minutos recoge el espíritu de la tan venerada tradición familiar puertorriqueña de reunirse a comer lechón. Sin duda, un escenario muy indicativo de solidaridad comunitaria isleña; no sólo por el elemento festivo sino también debido a la pasión que tenemos los boricuas con nuestros platos. Es una relación representativa de nuestra pureza de expresión como individuos. No obstante, en este caso es necesario considerar: ¿Por qué específicamente glorificamos al cerdo? Según la investigación de Cruz Ortiz Cuadra para su ensayo Puerto Rico en la olla, podemos señalar algunas razones dispersas por diversos pasajes que quizás contesten esa pregunta:

Los españoles que se encargaron de diseminar el cerdo y la res en estas tierras, procedían de culturas que practicaban el consumo de carnes como símbolo de distinción y como prueba de identidad religiosa, práctica que entonces representaba el afianzamiento del poder y las cualidades sociales y religiosas de los individuos.  -P. 223

Se puede pensar que el formidable “carnivorismo” que tienen hoy los puertorriqueños deriva su origen en la accesibilidad a la carne. Algo de cierto hay en ello. Pero en la formación de las culturas alimentarias, y en sus constantes renovaciones, las presencias cuentan tanto como las ausencias. La insuficiencia experimentada en un momento también incide en la predilección fisiológica de ciertos alimentos, sobre todo los grasosos, y por lo tanto sabrosos. Cuando no los hay, se convierten en ambiciones nutricionales y en objetos de deseo.  -P. 231

Las viscicitudes alimentarias cárnicas de Puerto Rico en el siglo XIX, y de la primera parte del siglo XX, están estrechamente ligadas a varios fenómenos: la expansión demográfica, el desarrollo de monocultivos para exportación en las costas de la isla –lo que cambió los espacios como estancias o criaderos en las cercanías de las ciudades–, la transformación del hábitat histórico del cerdo montaraz con el desarrollo del cultivo del café en el interior montañoso, la poca renovación de las reses con nuevas especies… la desvinculación de la crianza de reses de la agricultura como empresa y la reproducción de reses vacunas, antes que como animales de carne, como bestias de tiro para la agricultura.  -P. 239-240

A lo largo del siglo XIX y la primera parte del siglo XX, se produjo un alejamiento de la res como recurso cárnico en la población más rural… En estas circunstancias, el cerdo se convirtió en casi el único alimento cárnico para los campesinos y los jornaleros urbanos. A partir de ese entonces dejó de ser un recurso que se buscaba en los montes y se obtiene, fruto del esfuerzo grupal, como botín de caza, para ser entendido como pieza alimentaria que se cría por un tiempo y se mata, siempre en provecho de un fin que se estima de mayor interés. -P. 240

Cena Mendez Caratini 1978

Dentro del sincretismo puertorriqueño el comer lechón figura como una experiencia popular de gratificación primitiva. El aura que estimula (social y sicológicamente) provee una arena propensa a producir sujetos e intercambios cargados con mayor grado de espontaneidad. Para un artista, tal situación obviamente implica condiciones creativas altamente deseables pues hasta cierta medida conducen al potencial desarmamiento de la desnudez del ser. Esto último es lo que capta Méndez Caratini en La Última Cena. Al valerse de su propia familia como sujetos, consigue reforzar aún más a su favor susodichas condiciones.

Estéticamente el corto se inclina por una composición testimonial hiperactiva. Caratini hace de la cámara una extensión de sí para ir constantemente pensando los espacios. Con su lente nos facilita sutiles vistazos a complejos sub-temas como la dualidad, el instinto animal y el acto de comer; una hazaña que no debe ser tomada como poca cosa tomando en cuenta el tiempo de duración del filme. Al fin y al cabo, su intención primaria es rebuscar las huellas que definen la identidad, nuestra identidad.

La Última Cena resulta un trabajo inigualable en la filmografía puertorriqueña. Tanto así que responde a un llamado historiográfico de medios modernos sin tener que acudir a la contextura educativa ni a la oralidad. Es un pedazo personal del “underground” audiovisual boricua destinado a servir a nuestra iconografía. Otro legado que demuestra nuestra naturaleza inquebrantable.

Bibliografía

Filmografía de Héctor Méndez Caratini

– Rodríguez Juliá, Edgardo. 2004. Musarañas de domingo. Editorial de la Universidad de Puerto Rico.

– Ortiz Cuadra, Cruz Miguel. 2006. Puerto Rico en la olla, ¿Somos aún lo que comimos? Ediciones Doce Calles, S.L. España.

– del Río Moreno, Justo L. 1996. El cerdo: Historia de un elemento esencial de la cultura castellana en la conquista y colonización de América (siglo XVI). Anuario de Estudios Americanos, CSIC. España. http://biblioteca.ues.edu.sv/revistas/10800302-1.pdf

[1] El ojo de la nostalgia, la fotografía de Héctor Méndez Caratini. P. 153

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: