Talking Head (1992)

-elegía de lo real

Talking Head (1992), de Mamoru Oshii, es un filme-ensayo con toques surrealistas. O tal vez es al revés. Hay una capa de distorsión entre lo dicho y lo representando que abona a ese entremedio de clasificación. La verdad es que se puede apreciar de cualquiera de las dos maneras, provocando el goce estético a la vez que se desarrolla un argumento teórico-conceptual sobre las posibilidades de identificación/extrañamiento en el cine.

Siguiendo una sencillísima narrativa, la película comienza en una sala de cine. Ahí conocemos al personaje central, quien es uno de los directores fantasmas (su talento es apropiar el estilo de otros directores) más hábiles de la escena del cine de animación japonés. Al salir del teatro una limusina lo espera y prontamente le ofrecen un nuevo trabajo. Ahora le toca culminar el proceso de un desaparecido director. Existen las bases para un guion pero no se ha animado nada todavía. Aun así nuestro protagonista sólo es proveído con tres días para familiarizarse con el proyecto y producir un tráiler.

Prontamente lo llevan a un extraño edificio que desde afuera parece ser grande y ostentoso. Sin embargo, una vez entramos se nos presenta como la tarima de un teatro vacío. La escenografía cambia levemente con la introducción de cada nuevo personaje (que son los asistentes de producción, sonido, edición, colores, guionista y animadores de la película en proceso) pero siempre se hace claro que es el mismo proscenio. Además hay una interiorización de la audiencia cómo tropo, expresado visualmente en la pantalla cuando hay un sujeto-personaje (usualmente una mujer que parece representar un fantasma) que presencia sin comentar o influir. Esta cualidad teatral cuasi brechtiana compagina con el mise-en-scène.

El resto de la película lo lleva de departamento en departamento, en los cuales se desarrollan una serie de diálogos socráticos. Cada uno de estos espacios sirve de catalítico para exponer las ideas de Oshii, principalmente enfocadas con las maneras en que la tecnología ha transformado los niveles de recepción en el cine. Por ejemplo, cuando se encuentra en la oficina de colorización se nos hace un recuento histórico de la transición del blanco y negro hacia los colores. Al principio, esa ausencia de color era una parte tan intrínseca de lo que se consideraba lenguaje cinematográfico que hubo renuencia en aceptar los cambios; que es el mismo problema que tuvieron los cineastas silentes durante la primera ola de la revolución sonora. No fue hasta que las salas de proyección masificaron el color como la norma, se vuelve el estándar por default, que la audiencia va cambiando sus preceptos hasta que el blanco y negro se convierte en un referente del pasado.

Todos estos segmentos de exposición histórica, sobre los diferentes elementos que componen el cine, van formándose en un comentario global centrado en la relación entre tecnología y plástica cinematográfica. Hay un debate sobre la creciente evolución tecnológica, pontificando sobre el momento en que ésta deja de ser una herramienta para el cineasta y se convierte en una camisa de fuerza.

Hablando sobre el poder de reconocimiento del cine, y como éste ha perdido vigencia, una de las conversaciones que conlleva el protagonista recuenta la manera en que las primeras audiencias fueron fascinadas por cualquier imagen de la pantalla. Algo tan básico cómo las risas de un bebé eran suficientes para crear un sentido de lo mágico; el mero acto de verse representado bajo un crisol pos-real potenciaba el goce a través del extrañamiento. Con el pasar del tiempo la representación del yo en el espectador se vuelve común y, a consecuencia de esto, insuficiente. Se crea la necesidad para seguir añadiendo otredades, hasta que se incluyen figuras prácticamente irrealizables fuera del cine. Se continúa hasta que no basta. Lo otro se vuelve también normal. Entonces, con la popularidad del cine, lo verdaderamente fantástico es la regla y no la excepción. Nada es increíble cuando se extraditan los límites y hace falta confrontar la complacencia para que el cine se mantenga vigente.

Esta idea, en mi opinión la tesis central de Talking Head, se hace completa más adelante. Hay dos secuencias claves para afinarnos con esta interpretación. En una el protagonista habla sobre la incapacidad de explicar el cine una vez ha terminado la película que se está viendo. Similar a lo que diría San Juan Cruz o cualquier otro poeta místico, la crítica de cine es imposible de racionalizar. Sólo existe el momento que uno comparte con la película, porque el después es una falacia.

Por otro lado, el mismo personaje-director hace otra declaración donde se contradice. Entremedio de un soliloquio sobre el poder contextualizador del sonido en el cine, afirma que “el cine se define no por lo que ocurre durante su duración, sino por lo que viene después”. Entonces, considerando esta otra teoría, la experiencia necesita de una finalidad. O sea, la experiencia ideal no radica durante el acto en sí sino en la reverberación del mismo.

Sería imposible poder determinar cuál de estas dos ideas es la que predomina en Oshii, pues ambas son declaradas con la misma intensidad; esto sin obviar que cuestionar la veracidad del cine es uno de sus puntos. Tampoco es saludable que tomemos cualquier idea de la pantalla sin raciocinio, sin impregnarle un poco de nuestras perspectivas particulares. Precisamente, ahí resta el encomio del espectador. Lo que podamos entender o intuir del cine depende de esa tensión, de saber que terminará mientras los estamos experimentando; si es que la película en cuestión llegado al grado de “magia” y lo podemos asimilar tal cual.

La sensación del ahora con lo perecedero se formula cómo la experiencia integral. Por ende lo real, según mi interpretación de Oshii, se exalta hacia una auto-elegía. La audiencia debe desarticular las pre-concepciones y llegar a cada película como una entidad en sí misma. El pasado, el conocimiento de la evolución tecnológica que nos trajo hasta el presente, no debe ser conforte. Devolvernos a la magia no significa repetir lo probado, sino abundar. Es cierto que el cine evoca lo ancestral, igual permanece un arte joven.

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