El apocalipsis adolescente y/o la ironía pos-queer

Nunca he comprendido la admisión de queer como término definitorio (o tan siquiera descriptivo) dentro de la cultura progresista en nuestro país. Ciertamente le veo sentido al considerarlo bajo el contexto de los Estados Unidos, aunque tal vez no necesariamente así en otros países de habla inglesa, pues se refiere a una reapropiación de un insulto específico, a una nueva jerga que positiviza lo antes considerado como prohibido. Para un estadounidense la palabra siempre va a tener un significado múltiple: a lo que ancestralmente se refiere en el diccionario (“raro, sin valor ó fuera de la norma”) y a lo que las luchas sociales han logrado visibilizar. Esta dicotomía es esencial, pues promueve el cambio sin olvidar las razones.

Sin embargo, en español queer no sugiere nada más que el significado actual; para nosotros no tiene un valor particularmente totémico. Ahora mismo se utiliza (como ocurre con tantas de las expresiones verbales que asimilamos del imperio; bullying, issue, pervasive, of sorts, etc) como si fuera un término científico, como si fuera la verdaderamente apropiada manera de decir las cosas; como si existiera tal cosa como la propiedad denominativa.

Ahora, quiero dejar claro que en realidad estoy hablando un pocote-poquito de mierda, pues no soy ni homosexual, ni estadounidense. Esto no me impide comentar, probablemente, pero tengo que sacarlo para evitar cuestionamientos. Además, soy parte de la sociedad contemporánea, espacio donde los hombres heterosexuales tienden a reiterar su sexualidad como preámbulo a un elogio y/o consideración crítica hacia cualquier tipo de cultura sexual de la que no somos partícipes; aunque cabe reiterar que la susodicha teoría queer propone mucho más que identidades puramente sexuales, sino que, en esencia, es una ideología que busca suplantar la heteronormativa que regula todos los aspectos de la sociedad global y eso nos concierne a todxs.

De seguro hay otras justificaciones, desconocidas por mí, para insertar el término en nuestro idioma. Pero tengo que aceptar que aún si fuéramos a usar algo como teoría maricona (o teoría de lo perverso si quisiéramos descontextualizar la connotación de sexualidad) creo que de alguna manera encogeríamos nuestro propósito radical. Siempre perdemos algo cuando comenzamos a definirnos bajo los cánones del poder; nombrar y catalogar fácilmente se torna contraproducente.

Todas estas ideas informaron mi leída de lo que pronto sería uno de mis filmes favoritos. De hecho, tengo que admitir que cada vez que recomendaba Totally Fucked Up (1993), solía comenzar con el trillado “no es que yo sea gay, pero…”.

Propiamente, esta es la primera entrada en lo que su director, Gregg Araki uno de los pilares del erróneamente llamado “Nuevo Cine Queer”, denominaría su trilogía del apocalipsis adolescente.  Aunque creo es importante señalar que su relación con las otras dos películas, The Doom Generation (1995) y Nowhere (1997), no es una futura continuación narrativa. Realmente se agrupan porque recorren un mismo hilo conceptual, cada vez representado por una estética diferente.

Si bien comienza en el 1993, prefiero abordar la trilogía en el orden que la encontré. Del final hacia el principio en mi trayectoria con Araki, tuve la oportunidad de ver Nowhere  poco después de que ésta arribó a los videoclubs; en el 1998 o 1999. Recuerdo muy bien la primera vez que la vi, seducido yo por la cacofonía de violencia, ternura, música trippy y la abundancia colores incongruentemente brillantes.

Descrita en la carátula del VHS como “Beverly Hills, 90210 en ácido” (adjetivación a la vez apropiada y limitante), la película comienza con un joven masturbándose en la ducha. Los visuales intercalan su furioso/agradable manoseo con el enfoque de sus fantasías. En momentos visualiza la figura de una hermosísima chica (que pronto descubriremos es su novia) y en otros a un galán joven descamisado.

Durante ese ying-yang erótico, nuestro protagonista es interrumpido por una voz que emana tras la puerta del baño. Este coitus interreptus -de una masturbación y, cabe recalcar, no un acto sexual compartido- es representativo de las ideas que exploraría el filme y, noté al luego ver las otras entradas de la trilogía, en perfecta sintonía con el concepto del apocalipsis pop que Araki tanto explora.

Nowhere se concentra en las incidencias del último día terrenal, del insospechado fin del mundo. Dark Smith, el nombre de nuestro masturbador, comienza a tener visiones de un extraterrestre que se esconde entre la humanidad. Es un tipo de reptil gigante que anda con una exagerada pistola láser. Nadie más puede ver esta extraña figura y Dark se cuestiona si es real o si es el efecto de todas las drogas que alberga en su sistema. La película nunca toma una decisión contundente al respecto. Lo que realmente importa es la experiencia sentida y no, necesariamente, la verificable.

El día nos presenta otros personajes que cohabitan en los alrededores de Dark. Todos son jóvenes, lindxs y se expresan en unos diálogos sumamente estilizados; el guión de Araki se reproduce en una correntía verbal muy a la par con la distorsión pop de los visuales. Sexo, drogas y el ennui particular de la adolescencia del privilegio estadounidense (esa que ha convertido la alienación en un objeto de transgresión comodificable), construyen cada espacio del mundo explorado en la película.

No podemos olvidar que al ser una producción del 1997, Nowhere ocurre justo en el centro de la insulsa clasificación de lo “alternativo” para referirse a una cultura poco convencional en el contexto del pasado pero ya masiva (y hasta económicamente rentable) durante el presente que se ocupó de nombrarla. Araki toma una actitud de mofa, se aprovecha muy bien la innata ridiculez de crear mini estructuras definitorias, que no le resta a la dimensión emotiva de estos exabruptos de juventud; hay algo de necesario en identificarse con un todo, y en rebelarse también. Es una observación desde adentro. Su fin no es la crítica, o por lo menos no el ataque, sino la diversión.

Me parece que el propósito de la película, si es que en efecto existe tal cosa, es comentar sobre la gran gama de percepciones (excitantes y/o horríficas) que produce la adolescencia. En esencia, se sugiere que la juventud es un pequeño apocalipsis de la inocencia, de culminar la etapa de la inseguridad e intercambiarla por la ironía, por la consciente transfiguración de lo que debe ser hacia el conocimiento de que nada es determinable. El extraterrestre somos todos. El cambio de la Tierra en mayúscula por la tierra en minúscula, el culminar con la concepción del mundo como un ente pre-determinado e insertarse con el comienzo de las posibilidades; un giro inevitable.

Luego cuando vi la segunda película de la trilogía, The Doom Generation, noté que esa valorización de la percepción sobre lo propio era ya uno de los motifs centrales de Araki. Aun así esta segunda entrada no es tan exitosa en seducirme, pero sí presenta algunos puntos meritorios de discusión.

Esta vez la trama se funde en un tipo de película de odisea, lo que científicamente denominaríamos como un road movie. Jordan White y Amy Blue son una pareja cuya relación se ve tentada con la llegada de un tercero a sus vidas: el misterioso Xavier Red. Por complicaciones que no son particularmente interesantes o ingeniosas (reitero que es una película medio flojita), nuestros protagonistas andan en una eterna huida; perseguidos por la ley, por las normas sociales y por un pasado inclasificable.

Estos personajes son desarrollados en brotes sumamente simplistas, Jordan es un inocente cuasi angelical, Amy es una cabrona y Xavier es un peligroso “con corazón” que sostiene relaciones sexuales con los otros dos. Me parece que la única que sugiere algún tipo de complejidad textual es Amy, quien es la que mejor representa una ambivalencia sobre lo real. En cada espacio que entran, ella es confundida (o reconocida, en realidad se mantiene bastante ambiguo) con alguna chica que abandonó a su pareja. En una de estas ocasiones, se da un giro narrativo que desemboca en la conclusión.

Al igual que en Nowhere, hay violencia, estilización y la apariencia de un sentido lúdico contra-cultural. Pero la verdad es que no hay mucho goce y la película nunca trasciende el hecho de que es un mero trabajo transitorio que no merece mayor consideración más allá de que es el entremedio de la trilogía.

No llegué con grandes esperanzas al comienzo apocalíptico, luego de Doom Generation pensé que tal vez Araki dejó lo mejor para el final, pero Totally Fucked Up me trastocó de una manera casi inexplicable.

Desde el comienzo nos adentremos en las incidencias de un grupo de 6 amigxs, todxs homosexuales, cada uno viviendo distintas etapas en el proceso de las relaciones amorosas y/o sexuales. Entre los cuatro hombres y las dos mujeres que componen el corrillo, hay dos parejas: Michelle y Patricia que llevan tiempo viviendo juntas, y Steven y Deric que aún no conviven. Mientras que los otros dos son solteros: Tommy que es particularmente promiscuo, y Andy que se proyecta como un misterioso solitario.

Cuando los conocemos todo se mueve con bastante naturalidad. Las futuras entradas en la trilogía, las ya discutidas Doom Generation y Nowhere, se desarrollan en giros narrativos relativamente lineales. La exploración estética en ambos trabajos recae más en sus visuales; una codificada como película de horror y la otra como una transfiguración iconográfica, casi surreal en su acercamiento de lo juvenil-comodificable.

Totally Fucked Up, interesantemente, mantiene un ritmo más pausado cuya principal desviación visual es la utilización de inter-títulos que a veces parecen representar el punto de vista de los personajes y otras el del propio Araki. Cuando la pantalla es cubierta por frases como “Somos la generación extraterrestre”, “¿Podrá ser el mundo tan triste como parece?” y “Comenzar la narrativa aquí ↓” el juego se torna palpable.

Esto contrasta muy bien con el guion como texto, que al principio sólo pretende representar a los personajes en su ‘naturalidad’. Los vemos en sus espacios de diversión, en sus hogares, conversando y caminando sin rumbo hasta que poco a poco (y ya pronosticado por los inter-títulos) se van formando dos complicaciones narrativas. La primera concierne una infidelidad de Steven, que se siente a la vez satisfecho y culpable. La otra narrativa se centra en el primer amorío-sentimental de Andy, que espera más de lo que su nuevo amante está dispuesto a ofrecer.

Todos estos melodramas son presentados con un sentido de gran goce irónico, especialmente en el desenlace del arco de Andy; la personificación del apocalipsis adolescente. Ahora, esto no quita que sí hay mucha pathos en la manera que Araki desarrolla sus personajes. Es un balance muy hábil que tal vez se nota más con la personalidad de Steven, quien es cineasta. Durante el transcurso de la película, éste se encuentra en la producción de un documental sobre sus alrededores y, empleando la estética de la confesión, permite que sus amigos estén a solas con la cámara para autoentrevistarse. Esto guarda una estrechísima relación con The Real World (1992-presente), programa emblema de la televisora adolescente par excellence de los 1990s.

Creo que esta reapropiación de la cultura popular -que si bien pronto se convertiría en cliché, pocos han logrado manejar con el mismo efecto- presenta una verdadera subversión de la realidad. El comentario intenta difuminar la división entre lo real-emocial y lo real-capturado, magnificando así los embates de ironía que (según yo interpreto a Araki) observan al ejercicio de la sexualidad como una normalización de lo Otro.

Una vez llegué a la primera y pude hacer un juicio del todo, se me ocurre que la trilogía presenta las contradicciones inherentes de proponer que la identidad sexual es una insignia necesariamente política. De hecho (y que mejor conclusión para mi ensayo que el retorno), los respectivos comienzos de cada película ya nos revelan la importancia/irrelevancia de la expectativa y es que tan pronto como en los créditos podemos notar un juego de definiciones: Totally Fucked Up presentada como “Otra película homo de Gregg Araki”, The Doom Generation como “un filme heterosexual de Gregg Araki” y Nowhere como  “La película de Gregg Araki”.

De lo específico pasamos a lo general. Creo que por eso es que las disfruté tanto. Aunque no me entiendo con lo queer, de manera lingüística o identitaria-sexual, puedo reconocerme en la osadía. El apocalipsis procede y precede, pues, en algún momento se manifiesta lo normal en los anormales. Romper y volver.

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