It’s Such a Beautiful Day (2012)

-sencillez deiforme

En el libro Undertanding Comics: The Invisible Art (1993) Scott McCloud habla sobre el nivel de identificación que el lector puede encontrar en cualquier caricatura determinada. Según su teoría, mientras menos específico y elaborado sea el dibujo mayor universalidad posee. El dibujo foto-realista de una cara, por ejemplo, sólo se puede entender como la representación de un otro. Cualquier narrativa o idea que se derive de éste necesariamente será absorbida de manera más intelectual que emocional. El ser tan parecido a la fotografía mantiene una barrera entre el ojo y lo visto.

Al otro extremo está la caricatura “pura”, que se aprovecha de la elasticidad inherente del dibujo y lo lleva a su consecuencia máxima. Entonces, si le vamos quitando la especificidad de los rasgos que emulan la realidad, llegaríamos al límite entre la palabra como imagen (o “imagen acústica” como diría Saussure) y el ícono como texto. Poco a poco nos acercamos al yo, a ese canvas-espejo que a través de la sugerencia de características (nunca particular o determinante) nos esconde y nos refleja. Se nos invita a una interacción, a dotar al texto-imagen de mayor relevancia afectiva, basándonos en la experiencia personal que podamos reconocer en esa ambigüedad.

Undertanding Comics: The Invisible Art (1993) de Scott McCloud

Ahora bien, esto es una herramienta cuya efectividad depende del contexto en que se utilice. A veces es necesario crear barreras entre el espectador y lo visto, en retar lo previamente reconocible y explorarse desde el otro. Esto sin obviar que el carácter universal del efecto caricatura propuesto por McCloud puede ser tanto familiar-alienador, como obtuso-reconfortante. En el caso del cine, donde esa imagen posee sonoridad de movimiento (y, a consecuencia de esto, finalidad temporal), la estética de la caricatura anti-fotográfica y sencilla se torna paradójica.

Particularmente, pienso en el caso de It’s Such A Beautiful Day (2012), en mi opinión una de las mejores películas de la década en curso, cuyo personaje principal está hecho en el mismo molde de “un hombre de palitos” que el propio McCloud utiliza. Sin embargo, aquí la caricatura está acompañada por una narración omnisciente que le da especificidad. El sonido de esta voz sirve de guía que nos señala las emociones de ese sujeto. Por tanto, se diluye la dimensión autoreflexiva y se le da un sentido de otredad a la narrativa, el cual sirve de recordatorio fáctico para el espectador; nuestra posibilidad de identificación ya no recae tanto del dibujo como visual sino en la globalidad del texto audiovisual.

Escrita, animada y dirigida por Don Hertzfeldt, la película se compone de tres cortometrajes: Everything Will Be OK (2006), I Am So Proud Of You (2008) e It’s Such A Beautiful Day (2011). Más allá de las consideraciones económicas y/o de conveniencia que sin duda imperaron, esta segmentación narrativa sirve una función estética en el contexto del producto final. Ahora concebidos como capítulos, el principio y fin de cada uno de estos contenedores narrativos asemejan la fragmentada unicidad mental del protagonista, quien nunca está seguro de su presente condición.

Nombrado Bill, por lo menos según lo que nos dice el narrador, este sujeto central es un hombre al borde de la locura. La manera en que se nos va revelando este hecho es a través de la integración normalizada de lo absurdo. De entrada, solamente el espectador tiene un sentido de que Bill está perdiendo la mente. Ni él, ni el narrador, ven con perspicacia el hecho de que siente que un pez ha brotado de su cabeza, o de que la persona que está sentado a su lado en una banqueta pública tiene la cabeza de una vaca; algo tan normal para ambos que no le ven razón para cuestionarlo. Este ritmo de lo perverso con lo cotidiano, poco a poco, se convierte en la ola de la depresión y Bill es eventualmente internado en hospital psiquiátrico.

En el segundo capítulo, el narrador nos habla de los procesos de asimilación de Bill, quien no entiende exactamente lo que le está ocurriendo y hasta ha llegado al punto en que se desconoce de si mismo. De pronto se establecen unas narrativas de su historial familiar que nos revela las diferentes aflicciones mentales de sus ancestros. El narrador se ocupa de buscar significancia de esa tristeza inclasificable, la cual ha llevado a la disociación de Bill, en el pasado; tratando de explicar el presente a través de lo percibido como inevitable. Pronto el espectador se percata de algunas incongruencias y se sugiere que este no es más que un mecanismo de acopio, pues no hay constancia de que su linaje demencial existe más allá de la mente de Bill.

Gracias al efecto caricatura de McCloud y al ritmo narrativo de Hertzfeldt, el espectador se ha identificado de tal manera que aceptamos (aunque con incomodidad) la creciente depresión disociativa. Sin embargo, ya cuando arribamos al tercer y último capítulo, el narrador nos implica en un rompimiento de esa locura rutinaria. La realidad, lo constatable fuera de las perspectivas de Bill o del propio narrador, entra a la historia. Se nos hace claro que tanto lo visto como lo escuchado, es meramente la perspectiva del protagonista y que dentro del mundo que contiene la película hay una “sanidad” que, en efecto, catalogaría la experiencia narrada. A modo visual, esto se logra con la integración de fondos reales (ahora grabados en vez de dibujados) tras la figura “hombre de palitos” de Bill. La otredad y el yo se hacen uno en la pantalla. Entonces la película toma otro giro.

Notamos que aun cuando habla en tercera persona, el narrador parece ser parte del cosmos-mental de Bill. Esta voz, que es la única que escuchamos, se posiciona siempre desde el presente. Durante cualquier momento determinado, éste nunca sabe más de lo que sabe Bill. Todo lo que comenta se ocupa necesariamente del ahora, al parecer inconsciente de cuando se repite. Casi al mismo momento de nuestra realización, el narrador toma posesión del destino de su sujeto y nos narra sobre el futuro ideal. Según nos dice, Bill continuaría viviendo y conviviendo inmortal, engendrando millares de descendientes. El planeta continúa su travesía y al final Bill permanece. El día hermoso, el tiempo que no es tiempo que sugiere el título, se ha tornado eterno sin repetición. Esa atemporalidad, que curiosamente es una cualidad más perteneciente al cómic que al cine, nos regresa al imaginario del yo-caricatura.

Ya culminada, la película sostiene muchas lecturas. Se podría ver como una elegía al otro, que al ser caricaturizado se convierte en el yo, una oda al marginado-emocional. También existe cómo ejercicio minimalista, lo que nos lleva a explorar y comentar sobre el valor de la estética sin adornos, a reconocer el poder inherente de la sencillez.

Sobre todo pienso en la tensión emocional entre narrador y sujeto, que en momentos me sospecho es la misma persona. También está el espectador, el otro que bien podría incluirse en el uno, que es el que experimenta ese choque estético. Precisamente, reconocer esa función nos revela las diferencias entre la caricatura estática del cómic (que bien puede representar tanto el momento, cómo la eternidad) y la inherente caducidad del cine. El saber exactamente como se mueve y se escucha una figura, y el tener ya demarcado la cantidad exacta de tiempo que pasaremos con ella, infiere otros modelos de identificación. En esta película, Hertzfeldt ha encontrado un punto medio, devolviéndonos a la ambigüedad particular del espejo-cinematográfico. Lo específico no impide lo sencillo. Aunque la pantalla puede explorarse cuasi-difusa, el deseo de encontrarnos en ella parece ser inevitable.

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